Bar Marlène: cócteles de autor en el centro de Chisináu
Hay ideas peores que abrir una coctelería pocos meses antes de un confinamiento mundial, pero cuesta encontrarlas. Marlène hizo exactamente eso: nació, según sus propias palabras, "en los albores de la pandemia, cuando aún parecía lejana e inofensiva", y la sobrevivió tan bien que hoy encabeza los rankings locales de coctelerías. Marlène es una coctelería en la planta baja de una casa histórica del centro de Chisináu y uno de los nombres punteros de la nueva ola de bares de autor que ha surgido en los últimos años en la capital de la República de Moldavia.

De Copenhague a un patio bajo la parra
Detrás del bar está Marius Solcan, que pasó cuatro años tras la barra en Copenhague y conoció a su futuro socio en el avión de vuelta a casa; los inversores procedían de Dinamarca y la apertura llegó entre finales de 2019 y principios de 2020. El local se presenta como la primera coctelería high-end de Chisináu: es su propio eslogan y ninguna fuente independiente lo ha confirmado. En su web, el propio local se pregunta en francés quién es Marlène, y no responde; solo se sabe que detrás del nombre hay una historia de amor.
Por dentro parece más un piso que un bar: tres habitaciones en la planta baja, paredes de colores intensos, lámparas colgantes de tono ámbar y una decoración inspirada en el art déco; los cócteles se preparan "según las reglas y la cultura de la coctelería de los años veinte", como reza el concepto del local. En verano, el centro de gravedad se traslada fuera, a un patio escondido con una pérgola cubierta de parra que no se ve desde la calle. Mientras tanto, la competencia ha crecido: en la ciudad ha abierto, por ejemplo, Covor, un bar en un sótano que apuesta exclusivamente por ingredientes moldavos y bautiza sus cócteles con nombres sacados del folclore. A su lado, Marlène sigue siendo un cuarto de estar con nombre francés.

Miel, membrillo y ginebra de Dinamarca
La carta cambia con la temporada; junto a los clásicos, ofrece cócteles de autor con sabores locales. Basta con fijarse en el Honey White: el aguardiente moldavo de membrillo Nimorinca - según los vendedores, hacen falta 28 kilos de membrillos para una botella - con miel de tilo, infusión de manzanilla, polen y tónica. El bar ideó en Chisináu su propia ginebra, en torno a una variedad concreta de albahaca, y la hace destilar en Dinamarca; una ginebra moldava hecha en Dinamarca es quizá el resumen más breve de todo el local. La cerveza de botella es local (la cerveza moldava tiene su propio artículo) y cocina no hay: para cenar hay que ir a otro sitio, por ejemplo a Acasă la Mama. Abre todos los días a las 16:00, cierra como muy tarde a medianoche y por la noche suele estar lleno, así que sin reserva dependes de la suerte - yo la tuve a principios de octubre dos veces seguidas.

Una hoja de laurel sobre la espuma
Puedo confirmar las dos cosas de las que presume Marlène: el patio es estupendo y el interior, precioso. El personal fue amable, hablaba inglés con total soltura y el agua con limón es gratis. De la carta probé el Pear Pressure, de pera con cardamomo, y el November, uno de sus cócteles de autor. Pero la mejor copa me la trajeron fuera de carta, solo por recomendación del personal: un cóctel naranja con una espuma espesa, una hoja de laurel encima y jengibre dentro, que siguió calentando mucho después del último trago. Olvidé su nombre nada más pedirlo. Los cócteles costaban entre 160 y 170 MDL (7,80-8,20 EUR) la copa; pagamos con tarjeta. Y cuando terminamos, nos fuimos unas casas más allá, al Eli-Pili, un local retro abierto las 24 horas donde, según dicen, acaba tarde o temprano cualquier afterparty de Chisináu. Una revista local lo describe a la perfección: "lejos de ser un modelo de calidad, pero es el sitio donde por la mañana acaban los juerguistas más pasados de vueltas".

Marlène