Saint-Émilion: un pueblo vinícola junto a Burdeos
Saint-Émilion tiene menos de dos mil habitantes fijos y más de un millón de visitantes al año: unos seiscientos turistas por cada vecino. Con esas cuentas, esto debería ser un infierno de colas hasta para comprar un helado. Y sin embargo llegué en plena temporada alta y me pasé dos días paseando con una calma que esas cifras no dejan intuir.
Saint-Émilion es un pueblo vinícola medieval encaramado a un espolón calcáreo, a media hora de tren de Burdeos, y de todos los viñedos que he recorrido por Francia y por otros países, para mí el más bonito.

El ermitaño Emilión y la iglesia excavada en la roca
El nombre del pueblo no se lo puso ningún rey ni ningún obispo, sino el monje bretón Emilión, que en el siglo VIII se instaló en una cueva de este mismo espolón. Murió en el año 787 y el caserío que para entonces había crecido alrededor de su ermita se quedó con su nombre. Sobre la cueva se levantó más tarde la construcción por la que hoy se hace cola en el pueblo: la église monolithe. La iglesia se excavó a principios del siglo XII por sustracción, vaciando la roca: los canteros arrancaron del espolón unos 15.000 metros cúbicos de caliza y el hueco que dejaron sigue siendo la mayor iglesia monolítica de Europa. Debajo del pueblo se ramifican además catacumbas y capillas. En resumen, Saint-Émilion tiene dos plantas: en la de arriba se vende vino, en la de abajo se picó piedra y se enterró a los muertos durante siglos.

La carta del rey Juan y la rebelión de los château más famosos
La tradición dice que las viñas las plantaron ya los romanos. Cada fuente da una fecha distinta, así que el primer punto firme no llega hasta 1199: ese año el rey inglés Juan sin Tierra promulgó la carta de los vinos de Saint-Émilion, una de las regulaciones vitícolas más antiguas que se conocen. Hoy en los viñedos de aquí manda el merlot, con alrededor del sesenta por ciento, y es él quien convierte la orilla derecha del Dordoña en la mitad más suave y redonda del mapa del vino francés alrededor de Burdeos; la orilla izquierda, con el Médoc, apuesta por el cabernet sauvignon y por una fuerza que envejece durante décadas.
La clasificación de los vinos de aquí se lee más bien como un expediente judicial. El Médoc redactó la suya en 1855 y desde entonces prácticamente no la ha tocado; Saint-Émilion revisa su clasificación más o menos cada diez años y casi cada revisión acaba en los tribunales. La última revisión fue la más extraña de todas: Cheval Blanc y Ausone, los dos nombres más célebres de la denominación, se salieron de la clasificación en protesta por las nuevas reglas. Renunciaron ellos mismos al título más alto y el precio de sus botellas no se resintió lo más mínimo. El vecino Pomerol contempla todo el espectáculo desde la barrera: es la única gran denominación bordelesa que se niega en redondo a clasificar sus vinos.

Viñedos, bodegas frescas y macarons de convento
En 1999 la jurisdicción de Saint-Émilion - el pueblo y ocho municipios de alrededor - entró en la lista de la Unesco como el primer paisaje vitícola del mundo. Los viñedos se pueden recorrer a pie, en bicicleta o subido a uno de esos trenecitos que en otras partes pasean a los niños por el zoo; este, eso sí, para entre las hileras de cepas y en la parada no se toma un helado, se cata. Con el calor del verano el pueblo tiene otra ventaja más: las bodegas. Las galerías de caliza mantienen el frescor todo el año, el vino envejece unos metros por debajo de las calles y a algunas bodegas se puede bajar gratis. Quien después quiera entender de vino más de lo que da de sí una sola cata, encontrará en Burdeos el museo La Cité du Vin.
La segunda especialidad local es dulce: los macarons que las ursulinas horneaban aquí con una receta de 1620 y cuya versión auténtica se sigue heredando como secreto de familia. Y una observación que no suele aparecer en las guías: las visitas guiadas en inglés de los distintos monumentos coinciden a menudo a la misma hora, así que no vas a poder hacer más de una al día. Así es el propio pueblo el que te pide un segundo día.



Dos días en plena temporada alta
Llegué a principios de julio en tren directo desde Burdeos: sale varias veces al día y el viaje dura alrededor de media hora. Tenía planeada una excursión de un día. Me quedé dos y los dos se me pasaron más rápido de lo que me habría gustado. Las mañanas entre viñedos, el mediodía al fresco de las bodegas, el atardecer por callejuelas empinadas en las que uno se para a cada poco solo para mirar alrededor. El billete de ida, comprado el mismo día del viaje, costó 9,60 EUR. Lo más barato de todo aquel paraíso del vino resultó ser el camino hasta él.
Saint-Émilion