Creole Shack: almuerzo criollo en Flic en Flac
Reservar en Creole Shack funciona así: mandas un mensaje por WhatsApp, mejor con dos o tres días de antelación, y la dueña te confirma la mesa en inglés a vuelta de mensaje. Lo que vas a comer no te lo dice: eso lo descubres cuando te sientas. Aquí no hay carta y tampoco web; el menú se lo inventa la cocinera de nuevo cada mañana. Creole Shack es un pequeño restaurante familiar de Flic en Flac que cada día prepara un único menú de tres platos: el tipo de local que en Mauricio se llama table d'hôte.

La mesa del anfitrión con sello oficial
Table d'hôte significa literalmente la mesa del anfitrión y es un concepto más antiguo que los propios restaurantes: en las posadas parisinas se comía en una mesa común lo que la cocina hubiera preparado ese día, y a finales del siglo XVII era la forma más habitual de comer en público en la ciudad. En Mauricio ese formato sigue vivo en los negocios familiares, y la isla se lo toma tan en serio que la oficina de turismo expide una licencia anual específica para estas comidas caseras, con un horario de apertura fijado y la obligación de contar con aparcamiento. Una comida en el patio con sello oficial. El WhatsApp también forma parte del formato: los pequeños negocios mauricianos se comunican así con toda normalidad, y para el comensal la consecuencia es solo una: quien no escribe con antelación, no come.

Pollo o gambas
En Flic en Flac hay al menos dos locales de este tipo y cada uno pone la mesa a su manera: Canne à Sucre monta un gran banquete familiar con una larga hilera de guarniciones, mientras que Creole Shack mantiene el esquema clásico de la comida del domingo: sopa, plato principal y algo dulce para terminar. La única decisión que el comensal toma aquí en toda la comida es elegir entre pollo y gambas. Del resto ya se ha encargado la cocina.

Una cabaña donde cocina toda la isla
El nombre promete poco: shack significa cabaña en inglés y el interior no lo disimula: unas cuantas mesas de madera, chapa ondulada en la pared, contraventanas turquesas. La palabra créole, en cambio, promete mucho, y en Mauricio no designa una cocina étnica concreta y cerrada. Así se llama a toda la mezcla local, esa en la que franceses, indios, chinos y africanos han ido poniendo cada uno lo suyo. Por eso un almuerzo criollo puede sostenerse tranquilamente sobre un curry, una sopa de lentejas y un chutney, es decir, sobre la herencia de los inmigrantes indios. De hecho, los gâteaux piments, esos bocaditos fritos que en Creole Shack se sirven de entrante, descienden de los vadas indios del siglo XIX; a la cabaña no parece importarle y a la isla le gusta.


El almuerzo que no pedí
A Creole Shack fui a comer. De entrante llegaron los gâteaux piments y lo reconozco ya de partida: en Mauricio comí muchos, pero estos fueron los mejores. Recién fritos, con un sabor marcado a hierba limón y, para quien la quisiera, una pasta de chile picante al lado. Probamos las dos versiones del menú, así que en la mesa acabaron dos bandejas magníficamente presentadas: sopa de lentejas con cilantro, trozos tiernos de curry de pollo, arroz basmati, ensalada de verduras, chutney de coco, mango encurtido y ensalada de papaya verde; y en el otro cuenco, gambas sin pelar en salsa roja de curry, en su punto exacto. El helado de coco con mango con el que terminamos llevaba finos trozos de coco fresco: estaba buenísimo y con el calor del mediodía llegó justo en el momento adecuado. El menú con pollo costaba 725 MUR (14,80 EUR) y el de gambas, 800 MUR (16 EUR). Así que el bocadito callejero que en Mauricio fríe todo el mundo lo acabé comiendo en su mejor versión en un patio en el que, sin un mensaje previo, no hay manera de sentarse.
Creole Shack