Pub The Cobblestone, Dublín
La banda del The Cobblestone terminó de tocar aquella noche, se levantó de la mesa y empezó a recoger. Pero el pub no se dispersó: unos cuantos parroquianos les pidieron prestados los instrumentos a los músicos y en el patio interior la música siguió, simplemente porque era de noche y nadie tenía ganas de irse a casa. The Cobblestone es un pequeño pub de esquina del barrio dublinés de Smithfield donde la música tradicional irlandesa suena en directo siete noches por semana, en una mesa entre los clientes y no en un escenario. Por noches así se viaja a Irlanda. El problema es que luego uno suele buscarlas donde no están.

De Temple Bar a Smithfield
Esa dirección equivocada se llama Temple Bar, el barrio de pubs pintorescos en callejones estrechos que te recomendará cualquiera que haya pasado un fin de semana en Dublín. Lo recorrí el viernes y el sábado por la noche: en cada pub había una cola larga y y de uno a otro iba, y a ratos ya solo yacía, un buen número de jóvenes borrachos. Mi amigo Robert, que en Dublín se mueve como en casa, me tranquilizó después: "Esos pubs funcionan como una máquina bien engrasada. En cuanto dentro aparece alguien demasiado bebido, de la nada sale un brazo largo y fuerte, lo agarra y lo deja en la calle." No llegué a verlo, le creo; solo que no me apetecía estar en medio de aquello. La pinta de stout en Temple Bar roza hoy los diez euros, casi un cincuenta por ciento más que a doscientos metros de allí, y eso que el barrio entero nació de una casualidad administrativa: el Estado compraba aquí casas para una estación de autobuses y, cuando el proyecto se vino abajo, declaró barrio cultural aquellos callejones. Al final, quien me habló del Cobblestone fue el señor que me atendió en el desayuno del bistró Oh'Rourke's (ver el artículo sobre el full Irish breakfast).

Los Mulligan, el mercado de caballos y un hotel
Smithfield queda a un cuarto de hora a pie de Temple Bar, en la otra orilla del Liffey, y barrio turístico no lo fue nunca: en su plaza se vendía ganado y caballos desde la Edad Media y a un paso está la antigua destilería Jameson. El Cobblestone vivió mucho tiempo de ese mercado, un pub de esquina corriente que abría a las siete de la mañana para los tratantes y cuya vida cultural no pasaba de la liga de dardos. A finales de los ochenta se hizo cargo de él Tom Mulligan, un antiguo empleado de seguros de una familia en la que la música irlandesa se toca desde hace cinco generaciones, y convirtió aquella taberna madrugadora en una institución; él mismo dice que es "un bar de copas con un problema musical". El nombre significa adoquín, en concreto el redondeado de los empedrados viejos, y nadie ha documentado por qué se llama así el pub; el empedrado de Smithfield es sencillamente la explicación más obvia.
El problema musical acabó salvando el local. En 2021 un promotor pidió licencia para levantar en la parcela un hotel de nueve plantas; la barra, protegida como patrimonio, se mantendría, pero iban a derribar la sala de conciertos trasera, las aulas y el patio, y al pub le habría quedado alrededor de un tercio. Dublín se rebeló: decenas de miles de personas firmaron una petición y por la ciudad desfilaron cientos de manifestantes con los músicos y sus instrumentos a la cabeza. El ayuntamiento rechazó el hotel y fue la primera vez en la historia de Irlanda que el valor cultural de un pub pesó en una licencia de obra; el texto de la denegación defendía expresamente la sala trasera, donde la música tradicional se aprende y se toca.

Cómo funciona una seisiún
La música por la que se va al Cobblestone se llama session, en irlandés seisiún, y no hay forma de confundirla con un concierto. Los músicos se sientan en corro en un rincón del bar delantero, así que al público le toca mirarles la espalda; nadie anuncia nada, alguien arranca sin más una melodía y quien se la sabe se suma: gaitas, violines, flautas y de vez en cuando algún instrumento que llegó a Irlanda con su dueño. Puede sentarse cualquiera que traiga un instrumento y conozca el repertorio; no hay entrada, se paga con una pinta. Sobre los músicos cuelga un cartel que pide a los clientes que respeten la música, una forma muy irlandesa y educada de decir que aquí la música no es música de fondo. Funciona como una guitarra en torno a una hoguera: nadie actúa, simplemente es de noche y alguien ha empezado.
La session, por cierto, no es ningún rito rural ancestral, como cabría esperar. La primera session de pub documentada no se tocó en Irlanda, sino en 1946 en el Devonshire Arms, un pub de Londres donde se reunían los obreros irlandeses de la construcción; a Irlanda volvió en los años sesenta con los emigrantes. Y la propia palabra seisiún no es más que la transcripción irlandesa del inglés session. El más irlandés de los rituales de pub es, estrictamente hablando, un inmigrante, y en un país que le canta a la emigración en una canción de cada dos eso hasta le pega.
Guinness, whiskey e instrumentos prestados
En el Cobblestone pasé una noche de sábado (ver Dónde comer en Dublín). En la barra de delante me tomé una pinta de Guinness y más tarde un whiskey; cuál, ya de verdad no lo recuerdo, y en un pub que se acuerda de melodías de hace cinco generaciones ese hueco en la memoria me parece perdonable. La stout estaba densa, con espuma cremosa y un final amargo a tostado, y el whiskey calentaba; pero el plato principal de aquella noche no se tiraba, se tocaba. Los parroquianos, que a todas luces se conocían desde hacía años, cantaban y bailaban, y cuando la banda terminó, tomaron prestados los instrumentos y en el patio interior arrancaron de nuevo, a su manera. Lo mejor de todo Dublín, para mí: las cosas espontáneas de este tipo son las que más me gustan. El ayuntamiento redactó más tarde una resolución oficial sobre el valor cultural de este pub. A mí, para llegar a lo mismo, me bastó un sábado.
The Cobblestone