Rivella: el refresco suizo de suero de leche
Pocas bebidas nacionales han nacido de un desecho. Cuando la leche se convierte en queso, queda un líquido que antes las queserías tiraban - hoy los suizos lo llenan de burbujas y lo embotellan.
La Rivella es un refresco gaseoso suizo elaborado con suero de leche, y Suiza la tiene por su bebida nacional. Suena a idea condenada al fracaso. Y de hecho así fue como empezó.

Un nombre sacado del horario de trenes
La versión de la empresa cuenta que el fundador, Robert Barth, hojeando el horario de los ferrocarriles suizos se topó con el municipio ticinés de Riva San Vitale y lo cruzó con el italiano rivelazione, revelación. Así, una empresa de la parte germanohablante del país vende una bebida con nombre italiano - en Suiza, una forma de diplomacia de lo más corriente. La Rivella es una bebida nacional, no compartida: nadie más en el mundo elabora nada igual, y bebida nacional la llama también el Museo Nacional Suizo. Aun así ha salido fuera: desde los años cincuenta se bebe en los Países Bajos, que siguen siendo hoy su mayor mercado extranjero. Dos veces intentó llegar más lejos, a Gran Bretaña y a América, y dos veces se retiró en silencio.
La cerveza de suero que América no quiso
La historia empieza con un fracaso. A finales de los años cuarenta Jean Barth se marchó a América a hacer de intermediario para empresas suizas y, heredó de un biólogo una receta de cerveza de suero de leche. Intentó venderla en el país de la Coca-Cola, sin éxito. Volvió entonces a casa y le ofreció la receta a su hermano Robert, estudiante de Derecho. En 1951 este fundó en Stäfa la empresa Milkin-Institut, contrató a Hans Süsli, biólogo especializado en productos lácteos y un año después llenaba las primeras botellas. La cerveza se convirtió en refresco, la producción se trasladó pronto a Rothrist, donde sigue estando hoy, y la empresa continúa en manos de la familia Barth. La receta que América rechazó creció en casa hasta convertirse en una bebida a la que en Suiza solo le hace competencia la Coca-Cola. A la historia no le falta simetría.
Qué lleva dentro y por qué importa el color
El suero de la botella no es un adorno publicitario: en la clásica versión roja supone el 35 por ciento del contenido. Es el mismo líquido que hoy el resto del mundo conoce sobre todo como polvo de proteínas de gimnasio - los suizos, en cambio, lo gasifican, lo tiñen con caramelo y lo aromatizan con una mezcla de extractos de hierbas y frutas cuya composición la empresa no revela. La leche no la busques en el sabor: el ácido láctico le da a la Rivella un punto ligeramente ácido, más cerca del té helado que de un batido.
Se bebe fría y sin ceremonias, en la comida o en plena ruta por la montaña; en Suiza es una bebida de mesa tan normal como en otros sitios lo es la cola. Y conviene saberlo: los colores de las etiquetas no son sabores, sino códigos. El rojo es el original. El azul es la misma receta sin azúcar - está en el mercado desde finales de los años cincuenta y fue uno de los primeros refrescos light de Europa. El verde añade té verde y el amarillo es vegano, el único, por tanto, sin suero. Quien quiera llevarse una botella a casa (ver qué comprar en Suiza) que coja la roja: es el original - y, a diferencia del vino, no duele tanto al pasar por caja.
Medio litro de azul
La Rivella la compré en Basilea, en un supermercado cualquiera, y cogí la azul, la Zero. Al primer trago, lo que más sorprende es lo que falta: de la leche, ni rastro; en su lugar, un refresco burbujeante, poco dulce, con un fondo de hierbas que no supe asociar a ninguna fruta conocida. Me alegro de haberla probado, aunque no creo que llegue a ser un consumidor habitual de la bebida nacional suiza. Medio litro de esa experiencia costó 1,60 CHF (1,60 EUR).