Doce uvas de la suerte: la Nochevieja española, uva a uva
Dos días antes de Nochevieja, en el estante de un supermercado de Málaga había algo que parecía un reloj. Una caja de plástico con esfera, números romanos alrededor y, en cada uno de los doce compartimentos, una uva lavada y sin pepitas, como prometía la etiqueta. Esos días España entera compra el tiempo a trocitos.
Doce uvas de la suerte es la costumbre española de fin de año: con cada una de las doce campanadas de medianoche se come una uva, una uva por cada mes del año que empieza. Quien llega a las doce, dicen, tiene el año resuelto. Quien no llega, acaba al menos con la boca llena de uvas, que tampoco es mal comienzo.

Doce uvas, no doce racimos: dónde se cuenta hasta doce a medianoche
Fuera de España la costumbre se traduce casi siempre mal: en las webs checas circula como "doce racimos", que darían de comer a una familia entera durante una semana. Las doce uvas de verdad caben en una mano. La costumbre es nacional y su centro simbólico está en la Puerta del Sol de Madrid, desde donde la televisión retransmite cada año las campanadas a todas las casas del país. La única excepción son las Islas Canarias, que tienen su propio huso horario y comen las uvas una hora más tarde que la Península; un año la televisión lo resolvió retransmitiendo las campanadas dos veces. Con los emigrantes españoles la costumbre llegó a México y de ahí al resto de América Latina. El vecino Portugal conoce el mismo ritual con doce pasas, porque antiguamente allí nadie tenía uvas frescas en diciembre.
Moda burguesa, burla callejera y la leyenda del excedente de uva
La versión que más se repite es la de los viticultores: un año en Alicante recogieron tanta uva que no sabían qué hacer con ella y vendieron el excedente como "uvas de la suerte" para Nochevieja. Hoy la desmiente hasta el director del consejo regulador del vino alicantino: en la España de entonces un excedente de cualquier cosa era una rareza, y la uva fresca en diciembre, un milagro técnico. El rastro documental es más antiguo y más popular: ya en enero de 1894 la prensa madrileña hablaba de la costumbre de comer uvas con las campanadas como de algo "importado de Francia" que en Madrid "ya había arraigado". Los madrileños ricos imitaban entonces a la aristocracia francesa y alemana, que en Nochevieja tomaba champán con uvas. La gente de la calle se lo tomó a broma: se iba a comer las uvas a la mismísima Puerta del Sol, bajo el reloj de la Casa de Correos, que da las horas allí desde 1866. De aquella parodia de los señoritos nace el minuto que hoy retransmiten todas las televisiones españolas. Los cultivadores alicantinos, hacia 1909, como mucho pudieron extender la costumbre con sus paquetes de doce; pero ya no llegaron a fundarla.
Cómo se comen las doce uvas
Esa noche manda la campana, no la uva. La medianoche en la Puerta del Sol no empieza con el primer toque: primero baja la bola de la torre, suena el carillón y llegan los cuatro toques dobles de los cuartos. Solo después vienen las doce campanadas, separadas por unos tres segundos, y esa es la única ventana en la que se pueden comer las uvas. Quien arranca con los cuartos termina antes de que el año haya empezado, y cualquier español te lo corrige sin inmutarse. Tres segundos por uva con piel y pepitas es el ritmo que uno recuerda del comedor del colegio justo antes de que suene el timbre, y de ahí salió todo un sector de uva envasada: los paquetes de doce uvas lavadas y sin pepitas, en caja o en almíbar, los venden desde principios de siglo tanto los supermercados como los cultivadores del valle del Vinalopó, junto a Alicante, donde la variedad blanca aledo se vendimia tan tarde que llega fresca a Nochevieja.
Las uvas se comen sobre todo en casa, en familia, con el cava ya en la mesa para brindar justo después de la duodécima campanada; quien busca ambiente y multitud, se va a la plaza. Los españoles más jóvenes han añadido la superstición de que las uvas comidas debajo de la mesa traen amor en el año nuevo. Quien quiera vivir una Nochevieja a la española, que deje el móvil antes de las doce: las doce campanadas duran medio minuto y no hay manera de grabarlas.
Una azotea sobre Málaga
Me comí las doce uvas en Málaga, en un piso alquilado en el centro que tenía azotea. Y no era la única azotea ocupada: los tejados de alrededor estaban llenos de gente celebrando, con las voces cruzando la calle de terraza a terraza. Antes de medianoche aquello cambió. La mayoría ya solo esperaba impaciente las campanadas y preparaba sus platitos de uvas. Eran uvas de mesa corrientes, nada más; aquí el sabor no importa. En los últimos segundos del año las azoteas se quedaron en silencio y cada uno se metió en lo suyo mientras comía: en sus deseos y en un momento para mirar atrás, al año que se acababa. Doce campanadas, doce uvas, la ciudad entera callada. La caja con esfera de reloj estaba vacía antes de que en la televisión se apagara la última campanada de Madrid.