Iskan: el corazón del street food nocturno de Erbil
Iskan (شارع إسكان) es la legendaria calle del street food en el corazón del Erbil kurdo, una calle que nunca duerme y donde el humo de las parrillas se mezcla con el olor a pan recién hecho hasta la madrugada.
Si acabas en la capital del Kurdistán iraquí y te apasiona la comida, tarde o temprano acabarás justo aquí. De noche es un corredor desbordante flanqueado por decenas de cocinas abiertas, carros y puestos donde la comida se prepara delante de tus ojos. Carne a la parrilla, kebabs, pacha, kubba, daheen o un té iraquí bien cargado: aquí lo encuentras todo.

Visualmente es un caos, en el mejor sentido de la palabra. Rótulos de neón en kurdo y en árabe, montañas de carne apilada, el vapor que sale de ollas enormes y el ir y venir constante de camareros con bandejas de té que se cuelan entre las sillas de plástico repartidas por la acera.

La historia de la calle Iskan no es tan antigua como la ciudadela que se alza sobre la ciudad, pero para la identidad moderna de Erbil resulta igual de decisiva. El punto de inflexión de su despegue gastronómico fueron, paradójicamente, la guerra y la inestabilidad de la región. En una época en la que otras zonas de Irak sufrían los conflictos, Erbil era un remanso relativamente seguro. Iskan se convirtió en un lugar de encuentro, en una vía de escape de la realidad y en un sitio donde se podía comer bien y barato. La concentración de puestos surgió de forma orgánica. Un puesto que funcionaba atraía al siguiente, hasta que nació un ecosistema que se mueve por pura competencia sana: si tu comida no es fresca y sabrosa, con tantas opciones alrededor no sobrevives.

La peculiar vida nocturna de la calle tiene una explicación de lo más prosaica: el calor. Durante el día, cuando durante la mayor parte del año las temperaturas rozan los cincuenta grados, la ciudad descansa. Solo después de la puesta de sol, cuando el aire se enfría, la gente sale a la calle. Iskan se llena de verdad hacia las diez de la noche y aguanta hasta el amanecer.

Preparar la comida en Iskan es todo un espectáculo. Se asa exclusivamente al carbón. Los cocineros dan la vuelta a decenas de pinchos a la vez y avivan las brasas con abanicos para conseguir más calor. Todo ocurre rápido, con eficacia y sin florituras. En muchos puestos el cliente compra primero una ficha y luego solo se la entrega al cocinero.

En Iskan no se come en silencio ni a solas. Te sientas en sencillas sillas de plástico en plena acera, rodeado del ruido de la calle. Todo a tu alrededor bulle y hace ruido.

De Iskan no te vas solo saciado. Te vas con la sensación de haber formado parte, durante un rato, del corazón salvaje y palpitante de la ciudad.
Iskan